Pioneros del conservacionismo: Aldo Leopold

La escuela forestal de Yale había despuntado en las primeras décadas del s. XX por incluir los primeros partidarios de la ordenación de montes y el aprovechamiento más sistemático de los recursos forestales, siguiendo en este punto la tradición europea. En esa línea se sitúa Gifford Pinchot (1865-1947), el primer director del servicio forestal de EE.UU. partidario de una ética de la conservación, logrando un equilibrio con el ambiente en beneficio del ser humano.
Sin embargo, la figura más destacada de esta escuela forestal es sin duda Aldo Leopold (1887-1948). Fue un pionero en las técnicas de restauración ecológica y en el estudio del impacto ambiental. Tras su experiencia como gestor de bosques, caza y pesca, y comprobar que seguía avanzando la destrucción de la Naturaleza silvestre evolucionó en su pensamiento, planteando la necesidad de incorporar al progreso económico el concepto de conservación ambiental. Leopold pasó de pensar en una eficiencia en la gestión a abogar por la preservación por el bien en sí mismo de la Naturaleza. Es muy significativa su frase: “Para nosotros, la minoría, la oportunidad de ver gansos es más importante que la televisión”.
En 1949 se publicó su obra más conocida: A Sand County Almanac. Sus reflexiones personales, valoraciones morales y estéticas partían de un experto y un científico. La obra cuenta una serie de reflexiones durante los cambios estacionales en el año en ese condado de Wisconsin, donde Leopold poseía una granja. Este libro, un clásico para todo estudiante americano de ciencias naturales, introduce una manera nueva de mirar a la Naturaleza. Las narraciones de su afición como cazador, la relación con sus perros, las reflexiones o su famosa manera de proponer los términos para pensar “como una montaña” siguen generando debate. Sin embargo, lo más novedoso fue lo que proponía en su epílogo, en el cuál planteaba debía ser la postura del ser humano frente a la Naturaleza. Ahí introduce el concepto de ética de la Tierra (Land Ethics), que es seguramente el primer intento de dar un estatuto ético a nuestra relación con la Naturaleza, más allá del beneficio humano. Leopold aboga por plantear las relaciones del hombre con la tierra y los animales y plantas reconociendo su valor intrínseco, en la medida en que son necesarios para el funcionamiento de los ecosistemas. Eso supone dejar de considerar la tierra como un mero recurso económico, para concebirla como un hogar, en donde nosotros somos sólo una parte de la comunidad biótica: "Abusamos de la tierra porque la miramos como si nos perteneciera. Si la mirásemos como una comunidad a la que pertenecemos, empezaríamos a utilizarla con amor y respeto". Por eso es preciso replantear nuestra relación ética con la naturaleza. De hecho, propone introducir un nuevo enfoque ético, en donde el valor moral de las acciones se relacione con su orientación al equilibrio ecológico. "El pivote que hay que mover para poner en marcha el proceso de evolución que conduciría a una ética de la tierra es simplemente éste: dejar de pensar que el uso adecuado de la tierra es sólo un problema económico. Examinar cada cuestión en términos de lo que es correcto desde el punto de vista ético y estético, además de lo que conviene económicamente. Algo es correcto cuando tiende a preservar la integridad, estabilidad y belleza de la comunidad biótica. Es incorrecto cuando tiende a otra cosa".

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