Caminos para contemplar la naturaleza

Esta semana hemos organizado un curso de verano en el puerto de Navacerrada sobre contemplación de la naturaleza. Hay muchas razones para conservar la naturaleza, pero una de las más profundas es la que hace referencia a nuestra conexión con ella. Me comentaba una amiga que ha trabajado sobre temas de consumo sostenible, que uno de los factores más explicativos de esa actitud es tener o no una vinculación profunda con la naturaleza. Esa vinculación parte del asombro ante su belleza, grandiosidad, orden, armonía... y eso solo es posible cuando se contempla serenamente.
El curso lo hemos realizado con alumnos de distintas disciplinas y procedencias, gran mayoría mujeres (una vez más se confirma su mayor sensibilidad para los temas espirituales). Paseos en silencio, ratos de meditación, poesía, música, ejercicios de atención... han ayudado a darnos más cuenta de lo que hay fuera, acallando otros ruidos externos que no nos dejan ver lo que tenemos dentro.
Las raíces de la contemplación son muy variadas, pero obviamente las más extendidas son aquellas
Paisaje en Andorra. Foto Emilio Chuvieco
que proceden de la tradición religiosa. Todas las religiones de la humanidad han contemplado la naturaleza, todas han encontrado inspiración para acercarse más a Dios, para conocer alguno de sus atributos. También el cristianismo tiene una larga tradición contemplativa. Hay cientos, quizá miles, de monasterios emplazados en zonas de gran interés ambiental, que han sido custodiadas durante muchos siglos por diversas comunidades contemplativas. En algunos casos, esas mismas comunidades son gestores del territorio en el que habitan por siglos, mostrando un ejemplo excelente de resiliencia ambiental, que mantiene un territorio del que dependen para su supervivencia. Lugares tan variados como los monasterios rusos cercanos al círculo polar ártico, los enclavados en parajes extremadamente áridos en Siria o Egipto, o los más cercanos a nosotros en parajes de valor tan singular como Montserrat, Poblet, el Paular, Leyre o Sobrado de los Montes. Decía San Basilio, uno de los grandes monjes de la tradición oriental que la "La contemplación de la Naturaleza modera la fiebre del espíritu y diluye toda insinceridad y presunción" (San Basilio, Carta 8, 361-364), mientras en la tradición occidental, Ricardo de San Víctor decía en el s. XII: "La contemplación es un acto del espíritu que penetra libremente en las maravillas que el Señor ha esparcido en los mundos visibles e invisibles, y que permanece suspendido en la admiración".
Podría citar muchos otros textos de la tradición cristiana de contemplación de la naturaleza, pero prefiero centarme aquí en alguno de los que incluye la encíclica Laudato si. A mi modo de ver, ésta es precisamente la faceta más destacada de la encíclica del Papa Francisco, una nueva propuesta sobre la relación del ser humano con la naturaleza, basada en repensar nuestro papel de criaturas (teología de la Creación) y recuperar nuestra tradición contemplativa. "La espiritualidad no está desconectada del propio cuerpo, ni de la naturaleza o de las realidades de este mundo, sino que vive con ellas y en ellas, en comunión con todo lo que nos rodea" (n. 216), dice el Papa. Hemos abandonado la naturaleza y vivimos ahora en entornos artificiales (urbanos), pero también hemos olvidado nuestra dependencia, material y espiritual, de los ambientes naturales. Así no es posible cambiar el estado de cosas. "Si nos acercamos a la naturaleza y al ambiente sin esta apertura al estupor y a la maravilla, si ya no hablamos el lenguaje de la fraternidad y de la belleza en nuestra relación con el mundo, nuestras actitudes serán las del dominador, del consumidor o del mero explotador de recursos, incapaz de poner límites a sus intereses inmediatos" (n. 11). Porque, ... "la mejor manera de poner en su lugar al ser humano, y de acabar con su pretensión de ser un dominador absoluto de la tierra, es volver a proponer la figura de un Padre creador y único dueño del mundo, porque de otro modo el ser humano tenderá siempre a querer imponer a la realidad sus propias leyes e intereses." (n. 75).
La mirada contemplativa requiere silencio, cultivar nuestra dimensión espiritual -no necesariamente religiosa, pero también la religiosa-, acercarnos al ambiente con otra perspectiva, dejarnos admirar, asombrar, por la belleza de lo que nos rodea, por la armonía de lo que constituye una unidad que funciona con cada miembro (desde el suelo y el agua, los micro-organismos, hasta los insectos, aves y mamíferos). Una armonía que nos habla de que todos los componentes son importantes, independientemente de su tamaño o su longevidad.
También nosotros somos parte de ese conjunto, y deberíamos sentirnos llamados a cuidarlo y conservarlo. Eso pasa por cambiar nuestra mirada y nuestro estilo de vida. También ahí la espiritualidad cristiana tiene una enorme fuerza, porque nos ayuda a poner la meta en otros valores que no se compran en la tienda de la esquina.  Como bien indica el Papa Francisco: "La espiritualidad cristiana propone un modo alternativo de entender la calidad de vida, y alienta un estilo de vida profético y contemplativo, capaz de gozar profundamente sin obsesionarse por el consumo" (n. 222). En suma, contemplar la naturaleza es admirarse, agradecer, compartir, no abusar, manipular o poseer. Actitud desinteresada, gratuita, estética. Para los creyentes, no se trata de una introspección interior, sino de un diálogo, porque no acaba en nosotros sino en Dios, de quien aprendemos observando su Creación, admirándonos de su belleza, pero también compartiendo su sufrimiento e implicándonos en resolverlo. La contemplación cristiana es personal, y ser persona es relacionarse, hablar y escuchar, la meditación cristiana es diálogo, no monólogo, es apertura a Dios, que es infinito, y a sus criaturas.

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