Familia y ecología humana

Asistí la pasada semana a una jornada sobre familia y ecología humana. El tema me parece muy relevante, pues la familia sigue siendo el núcleo de la sociedad, el lugar donde aprendemos a relacionarnos, primero con nuestros parientes más cercanos, luego con los vecinos y el resto de la familia humana y también con nuestro entorno.
Muchas personas definen lo natural como "todo aquello que no es fabricado por el hombre", y más aún, como "todo aquello que no es humano". A base de desnaturalizarnos, de salir de nuestro entorno natural nativo, hemos llegado a pensar que la naturaleza es algo ajeno a nosotros, como si fuera parte de un mundo virtual donde simplemente nos situamos. De ahí a pensar que el ser humano por definición se enfrenta con la naturaleza, o incluso que somos el principal cáncer del planeta no hay mucho camino que recorrer.
El error de bulto, a mi modo de ver, está en el punto de partida, precisamente en esa consideración dualista del ser humano, como "al margen de" su entorno material. Aunque el asunto daría para una reflexión más detallada, el asunto se inicia en los últimos siglos de la Edad Media, cuando se afianza un cierto pensamiento maniqueo que ya había aparecido al inicio del Cristianismo (el gnosticismo) y que luego dará lugar, en cierta medida, a la ruptura Protestante. Considerar al cuerpo (y a la naturaleza material con él) como algo no solo inferior al alma, sino al margen de ella, y peor aún, en lucha con ella. Bacon plantea el conocimiento científico como una conquista de la naturaleza, arrebatarle, con furia si es preciso, su dominio del hombre, hasta el punto de considerar lo humano como contrapuesto a lo natural. De ahí a considerar el progreso como la transformación de lo natural, civilizar la naturaleza (esto es, convertirla en ciudades), hubo un corto trecho que recorrer.
Las consecuencias ambientales de ese planteamiento son ahora evidentes, tanto en los impactos que hemos infringido a la naturaleza, como a la enajenación de lo natural a la que hemos sido empujados por ese movimiento del positivismo cientificista, que ha convertido la naturaleza en un mero almacén de recursos.
Ese desbaratamiento de lo natural también ha afectado a la propia naturaleza humana, al olvidar que antes de ser humana es también naturaleza. La ruptura se manifiesta en múltiples frentes, desde la artificialización del origen y el final de la vida (ingeniería genética, transhumanismo, maternidad subrogada, aborto, suicidio asistido...), hasta la propia fundación de la familia, olvidando la biología más elemental de las relaciones humanas. No somos solo animales, ciertamente, pero olvidar que lo somos nos lleva inevitablemente a olvidar uno de los pilares de nuestra esencia, descarrilando a su vez los otros dos -la dimensión social y la intelectual-, que nos constituyen como seres humanos, siguiendo la tradición aristotélica.

Comentarios

  1. Gracias, Emilio, ciertamente. La hormiga construye hormigueros, la golondrina nidos, y sabemos integrarles dentro del marco de la naturaleza, incluso las palomas que han dejado su señal animal en el automóvil antes de ir a trabajar.

    ¿Será cuestión de un rediseño de esos paradigmas con los que hemos valorado lo humano y lo natural? ¿Una re estructuración, de planes urbanísticos, educacionales, laborales, sociofamiliares, tecnológicos versus naturaleza, que por aquí también hay una dinámica que no es maniquea en el sentido filosófico sino en lo práctico, pues las últimas generaciones venimos comprobando que este balance toca lo natural de tal manera que se destaca esta diferencia entre el artificio humano y la naturaleza, ...? Lo humano, el artificio, y lo natural, en dialéctica para que lo humano, quién es artífice, artesano, no parezca arrebatar lo natural al hacer uso de la materia.

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