Cambio climático y Derechos Humanos

Participé la pasada semana en un congreso internacional sobre Derechos Humanos y Justicia Climática, organizado por la Fundación Mainel en Valencia. Fue un evento multidisciplinar, donde distintos especialistas disertaron sobre aspectos relacionados con los impactos sociales, del cambio climático, tanto en lo referente a la salud, como a la política, la economía o la educación. Ciertamente, el cambio climático tiene múltiples implicaciones sobre los ecosistemas, pero también sobre la sociedad en su conjunto. Algunos de esos impactos ya son evidentes, como la escalada de fenómenos climáticos extremos, la subida del nivel del mar o el deshielo del Artico, otros se plantean en forma de escenarios futuros de distinta incertidumbre, en función de las trayectorias de emisión que se planteen y de las particularidades regionales. El Mediterráneo y el Africa subshariana serán algunas de las regiones más afectadas, por lo que urge tomar medidas para mitigar el problema y adaptarse a sus efectos más evidentes. El acceso al agua, el rendimiento de los cultivos, las olas de calor o las sequías e inundaciones extremas tendrán impactos sobre millones de personas. No es una cuestión ambiental sólo, es también social y afecta por tanto a derechos humanos básicos.
De ahí que la mitigación del cambio climático se haya planteado como un cuestión de justicia, ya que aunque el problema es global, las responsabilidades no lo son. Desde el punto de vista ético, es preciso reconocer que el problema está siendo causado por los países con mayores tasas de emisión, principalmente los desarrollados del Norte y los emergentes del Sur (China, India, Indonesia, Brasil, etc.), si bien éstos tienen unas emisiones históricas mucho menores. No sé trata sólo de ver lo que ocurre ahora, sino lo que ha ocurrido en décadas pasadas, por lo que la mitigación del problema pasa por analizar las emisiones per capita y las acumuladas. En el gráfico adjunto, se muestran las emisiones de CO2 acumuladas para distintos continentes. Como puede verse, a fines del s. XIX Europa suponía el 80% de las emisiones totales, ahora sólo el 38%, pero la acumulación histórica todavía nos distancia notablemente de continentes ahora emisores netos como los del Sureste asiático.
Las responsabilidades son distintas, por tanto también la obligación moral de contribuir a mitigar el problema, tanto con reducciones más exigentes de los países que más medios tenemos para hacerlo, como en una mayor implicación para transferir la experiencia que permita un desarrollo más equilibrado en los países que lo necesitan. Es una cuestión ambiental, pero también es una cuestión de derechos humanos, porque no hemos de olvidar que el ser humano es parte del ambiente, tanto para afectarlo como para mejorarlo, pero también para ser afectado por la degradación ambiental que está originada por otros seres humanos.

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