La semilla de la Esperanza

Hoy celebramos los cristianos la fiesta más importante del año: la conmemoración de la Resurrección de Jesús. Se trata de un hecho aparentemente inverosímil, narrado por los testigos del mismo, por muchos distintos, que vieron de nuevo a quien habían contemplado muerto en una Cruz. Para los cristianos, ese anuncio es la raíz misma de nuestra fe. Sin el, no tendría sentido considerar a Jesús como Dios mismo, ni tendría por tanto sentido afirmar que Dios ha querido compartir nuestra condición humana, que ha querido reir, trabajar, compadecerse, sufrir y morir. Sin la Resurrección de Jesús, el cristianismo no sería una religión, sino una filosofía, más o menos encomiable pero muy limitada para llenar las aspiraciones espirituales del hombre.
Celebrar la Resurección es celebrar la Esperanza, una de las tres virtudes claves del cristianismo, junto a la Fe y la Caridad. A veces se entiende la Esperanza como una tensa espera de algo que ocurrirá en el futuro, tras nuestra muerte, como si se tratara de una virtud solo para vivir en el más allá. A veces se la considera un sucedáneo del consuelo ingenuo, el que procuramos dar cuando no tenemos palabras hondas para animar a alguien. A veces, la ilusión de algo que nos gustaría que ocurriera pero que no podemos racionalizar.
No, la Esperanza no es nada de eso. Debería ser un convencimiento de que por encima de nuestras limitaciones hay Alguien, con mayúscula, que nos sustenta, que nos acompaña, que está junto a nosotros en momentos de sufrimiento y de alegría. Si contemplamos la Naturaleza, particularmente estos días en los que nace la primavera, vemos cómo todas las formas de vida recuperan su esplendor, perdido en el invierno. No lo saben quizás, pero tienen esperanza, porque están convencidas de que el invierno no es el fin, de que esa  muerte es solo temporal porque están destinadas a nacer de nuevo a los pocos meses. Muchos dirán que es algo mecánico, que ocurre porque así han evolucionado las plantas y los animales para adaptarse a las estaciones. Yo prefiero pensar que Dios les ha dado Esperanza, para aceptar que el sufrimiento del otoño y la muerte del invierno es sólo aparente, que la primavera vendrá luego, llena de vida y alegría.
Nuestra Esperanza solo lo será cuando se fundamente en la misma convicción. Lo importante no es lo que nosotros hacemos por Dios, sino lo que Dios hace por nosotros. El cristianismo no es una lucha interior para amar a Dios, y mucho menos para cumplir sus reglas. No, es sobre todo crecer en el convencimiento de que Dios nos ama a nosotros, aunque seamos muy limitados, aunque le hayamos fallado tantas veces. Nada más claro para recordar ese amor incondicional de Dios por nosotros que mirar un Crucifijo. La Esperanza, y eso es lo que celebramos hoy, se abre junto al sepulcro de Jesús, pues después de mostrarnos hasta donde estaba dispuesto a llegar por nuestra salvación, también era preciso que nos mostrara que el sufrimiento y la muerte no son la última respuesta. El fracaso, la congoja, el sentimiento de vacío, la frustación, el dolor que podemos experimentar en tantos momentos de nuestra vida no son tampoco la última respuesta.
La semilla de la Esperanza está en Quien nos sustenta, a nosotros y a todas las criaturas que ha querido para este preciso mundo en el que nos alojamos.

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