Abrazarse a los árboles

Dadas las actuales sospechas de que cualquier objeto, planta, animal o persona puede ser portador o receptáculo del dichoso virus que ha trastocado nuestro modo cotidiano de vida, no seré yo el que recomiende aquí que nos abracemos a los árboles, al menos no en este tiempo de pandemia, pues vaya usted a saber quien se ha podido abrazar al mismo antes que nosotros o quizá realizar otras funciones menos nobles. Abrazarse a los árboles ha sido desde hace tiempo para muchos un símbolo de unión con la Naturaleza, para otros una manifestación de los servicios que nos proporcionan y para otros un ejemplo, un tanto estrafalario, de hasta dónde puede llegar el biocentrismo extremo. No quiero ahora entrar en esa polémica, sino únicamente reflexionar sobre con qué ojos miramos a los árboles cuando no hemos podido verlos durante tantas semanas. 
Desde mi terraza, que ha sido en los últimos 50 días mi único observatorio primaveral, he podido comprobar cómo se ha ido despertando el árbol que tengo a unos 5 metros. Después de una poda -a mi entender absolutamente desproporcionada- parecía dormido para siempre, pero se ha ido despertando paulatinamente, según avanzaba Marzo, hasta explotar en un desperezamiento grandioso desde mediados de Abril. Si algo parece inmóvil es un árbol: no va a ningún sitio, y sin embargo está lleno de vitalidad. Cambia todos los días, siempre nos enseña alguna novedad: una rama ha crecido, esa hoja se ha hecho más grande, aquella cambio de color, una nueva yema... Así es la maravilla que nos rodea y que generalmente no vemos porque estamos mirando a otras cosas: el tráfico, el reloj, el móvil... Este año había menos cosas que nos distrajeran o había más ocasiones para echar en falta algo que necesitamos, aunque tantas veces no seamos conscientes de ello. Necesitamos ver plantas, animales, paisajes, sentirnos parte de algo natural, a lo que pertenecemos. Algunos sicólogos hablan del síndrome de déficit de la naturaleza, que tiene raíces biológicas bastante obvias, por más que algunos se empeñen en vivir en ambientes exclusivamente artificiales.
Estos días de encerramiento nos han recordado que necesitamos ver vida a nuestro alrededor, vida natural, aunque pueda parecer una redundancia, pues nada hay más natural que la vida. En cuanto ha sido posible, las personas se han lanzado a la calle a pasear, a mirar, a tomar el sol simplemente, a ejercitarse... No entiendo que puedan estar cerrados los parques y jardines estos días. No tienen ningún sentido en mi opinión, porque no solo tenemos que curarnos las heridas biológicas, también las sicológicas, y ahí necesitamos estar junto a otros seres vivos. Necesitamos tener árboles cerca, aunque sean árboles que hemos plantado nosotros, que al menos nos recuerden de qué estamos hechos y a qué estamos unidos. 

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