La huella ambiental de las mascotas

Leía hace unos días un capítulo de un libro sobre Sicología Ambiental que estoy revisando en estas semanas, y me llamó la atención que la autora citara como la medida más eficaz que los seres humanos podemos tomar para reducir nuestro impacto ambiental reducir el tamaño de nuestra familia, en pocas palabras tener pocos o ningún hijo. No es que me resultara nuevo el argumento de que el crecimiento de la población está detrás de la actual crisis ecológica, ya se viene usando por varios autores desde los años sesenta, pero me llamó la atención de que se considerara lo mejor que podemos hacer por el ambiente. Supongo que la autora no es miembro de la sociedad para la autoextinción humana, que precisamente tiene entre sus fines recomendar que no se engendren nuevas criaturas para así resolver los problemas ambientales del planeta, pero me da pena que los seres humanos sigamos teniendo una imagen tan negativa de los demás seres humanos. Además de consumir las personas hacen muchas otras cosas: cuidar, querer, ayudar, reirse, soñar, inventar, escuchar, educar, cantar y otras muchos verbos que nos hacen felices. La perspectiva de vivir en una isla desierta sin presión por sus recursos escasos no parece muy halagueña para la mayor parte de las personas.
Además de que los problemas ambientales no solo tienen que ver con cuántos somos, sino -sobre todo- por cómo vivimos los que somos, me llama la atención que casi nadie haga referencia como problema ambiental a otro tipo de población que también consume recursos naturales: la de los animales de compañía. Nunca he tenido perro o gato, asi que de entrada pido perdón si pueda ofender a alguna persona que los tenga, pero me parece que deberíamos considerar más a menudo el impacto ambiental que generan los animales llamados de compañía. Son cada vez más frecuentes en un mundo donde parece que cada vez estamos más solos, donde parece que necesitaramos encontrar cariño allí donde no lo podemos o no sabemos encontrarlo en otros seres humanos. No me voy a detener ahora en por qué existe esta tendencia creciente a tener perros y gatos en un ambiente urbano que les resulta tan hostil (a los animales y, muchas veces, a los vecinos de sus dueños), pero sin duda obedece a una crisis antropológica en donde hemos diluido el valor iniguable de una vida humana, apostando por el individualismo que acaba encerrándonos en nosotros mismos, aislandonos de los demás.
La cantidad de animales de compañía da una idea de lo profundo de esa crisis de la existencia humana. En un estudio publicado hace unos años en EE.UU. se calculaba en casi en un 20% la proporción de la huella ambiental del país relacionada con los perros y gatos, que superaban los 150 millones en una población que apenas rebasaba los 300. En España la proporción no es tan alta, pero según datos recientes superan entre ambos los 10 millones, uno por cada cinco españoles. Tanto perros como gatos son carnívoros, luego su huella de carbono es equivalente al de una persona con un peso similar. En unos cálculos recientes que hemos hecho en mi departamento, esto equivale para un perro grande a unos 2000 kg de emisiones de CO2 equivalente al año, una cantidad similar a las emisiones de anuales un coche de gama media (recorriendo unos 12.000 km). Esto solo hace referencia a la comida, hay otras muchas cosas que tienen que ver con el cuidado del animal, que no voy a detallar aquí. Tampoco quiero ahora tratar si los cuidados que se dispensan a esos animales, necesarios si se tienen, no sería mejor dedicarlo a tantos seres humanos que tienen mucho menos a su disposición.
No estoy diciendo que se eliminen esos animales, naturalmente. Solo indico que los impactos ambientales no son exclusivos de los seres humanos, y no solo de los que viven sino -sobre todo- de cómo viven, también de las mascotas que poseen.

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