Inercia y emergencia climática

 Hablaba hace unos días con un amigo de la situación de emergencia sanitaria en que vivimos y acabamos derivando hacia la aplicación de este término al problema del cambio climático, que se ha venido usando profusamente en los últimos meses. Vaya por delante que el término me produce bastante preocupación, por un lado porque el ser humano no puede vivir en situación de emergencia permanente. La emergencia, casi por definición, es algo súbito, ante lo que se toman medidas inmediatas y, si el tema es suficientemente serio, drásticas, aunque impliquen consecuencias de gran calado. Eso es lo que ha ocurrido con el confinamientto por el Covid-19. Claro está que mantener esa tensión durante mucho tiempo es prácticamente imposible, de ahí que veamos ahora las consecuencias del relajamiento previsible.

Aplicar el término emergencia al problema del cambio climático me parece inapropiado porque, por un lado, no se corresponde con la prioridad que le dan quienes con tan frecuencia utilizan este término. Es descorazonador que se plantea algo como emergencia y se tomen medidas a 10 años vista, en el mejor de los casos. Por otro lado, no hemos de olvidar que el clima es un sistema físico muy complejo, en donde no tiene mucho sentido estimar cambios en fechas concretas. El clima cambia constantemente en una tendencia lenta pero clara, que resulta ciertamente preocupante, pero que no tiene una fecha límite. Mi amigo me pedía en qué año va a ocurrir el cambio climático. Ya está ocurriendo, el clima está teniendo tendencias de medio-largo plazo que ya observamos difieren de periodos anteriores. Se trata de un proceso continuo, ya que en el sistema climático prima la inercia. El calentamiento climático viene ocurriendo desde hace décadas y se manifesta paulatinamente, cada vez de modo más evidente, sobre todo en la aparición de fenómenos climáticos extremos (sequías, inundaciones, heladas, olas de calor...), con el tremendo impacto social que les acompaña. El límite de 2050 se establece como meta para lograr una economía neutra en emisiones, pero no podemos engañarnos pensando que eso cambiará completamente el estado de la atmósfera. El sistema climático se modifica lentamente, tarda en manifestarse, pero también tarda mucho en revertir las tendencias. De ahí que tengamos que tomar decisiones audaces pensando en el futuro, pues la energía adicional que estamos añadiendo al sistema climático va a permanecer en él durante décadas y, si no empezamos a cambiar las tendencias, será cada vez más difícil de equilibrar.

Un buen ejemplo de lo que estoy diciendo puede encontrarse en un reciente estudio publicado en la revista científica Earth System Science Data (ESSD), que presenta el más completo balance de radiación terrestre realizado hasta ahora. Un equipo de 38 científicos, de muy diversos países y centros de investigación, han calculado el desequilibrio entre la energía que entra y que sale del sistema terrestre para el periodo 1971-2018 equivale a un forzamiento energético de 0.47 W/m2, con una tendencia ascendente, que sitúa el valor para la década actual en 0.87 W/m2. Según el mismo estudio, la mayor parte de esa energía es captada por el oceano (90%), lo que implica que aumente su temperatura, incremente su volumen (por expansión térmica y su acidez, provoque el deshielo del oceano ártico y  modifique las corrientes marinas. El 3% de la radiación se absorbe en las superficies heladas, provocando el deshielo de glaciares y casquetes polares; el 6% se alberga en la tierra emergida, aumentando la temperatura del suelo, con la posible descongelación de los suelos helados de norte de Asia y América (permafrost), y el 1% restante se almacena en la atmósfera, siendo uno de los factores de anomalías climáticas extremas.

Los autores del estudio se suman al acuerdo general de los científicos del clima sobre el origen de este desequilibrio radiativo. El exceso de radiación es producto principalmente del incremento en la densidad de gases de efecto invernadero (GEI), que atrapan la radiación térmica emitida por la superficie terrestre. Los mismos autores estiman que para recuperar el equilibrio energético, en la línea de evitar el aumento global de temperatura por encima de 2º, tal y como se acordó en Paris, se requeriría reducir la densidad actual de GEI un 14% (de los actuales 410 ppm a 353 ppm). El reto es inmenso, y lo será más si no empezamos seriamente a afrontarlo, pues seguir haciendo lo mismo solo agrava el problema. Baste indicar que en el periodo más intenso de confinamiento por Covid-19 de las economías más desarrolladas, entre Abril y Junio, se calcula que hubo una reducción mensual de emisiones en torno al 17% (para todo el año se estima que será en torno a un 6%). Ahora bien, además de que esa reducción es circunstancial, conviene indicar que no se refleja inmediatamente en la densidad de GEI en la atmósfera, ya que éstos tienen una persistencia de varias décadas. No obstante, sirve como ejemplo de los esfuerzos necesarios para cumplir el acuerdo climático de Paris, ya que la reducción que hemos visto durante el Covid sería equivalente a la que las economías más desarrolladas tendrían que abordar en las próximas décadas. El cambio necesario es enorme, y es preciso aunar muchas voluntades. Cuanto más tiempo tardemos en tomar esas medidas, más difícil se lo pondremos a las generaciones futuras. La ciencia apunta claramente en una dirección: queda reforzar nuestra dimensión ética para recorrerla.


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