Libertad y compromiso ambiental

He tenido hace poco dos conversaciones con diferentes amigos sobre temas ambientales que me han hecho pensar sobre cómo se transmiten los problemas ambientales y, particularmente, sobre cómo ofrecer un mensaje que aliente a la acción personal. Para uno de ellos, la gravedad de las cuestiones ambientales requería tomar decisiones drásticas, de obligado cumplimiento y, por tanto, solo accesibles a quien ostenta el poder ("la responsabilidad es del gobierno", me decía). Para el otro, no pueden presentarse los problemas ambientales como excusa para limitar las libertades, porque las incertidumbres sobre los mismos hacen injustificado plantear cualquier recorte de derechos fundamentales. 

Creo que ambos tienen una parte de razón y otra que les complementa. Por un lado, ciertamente la gravedad de los problemas ambientales nos compele a la acción, pues aunque existan todavía incertidumbres, un elemental principio de precaución debería llevarnos a tomar decisiones sin esperar a que los procesos de deterioro sean irreversibles. Cualquier experto en cambio climático sabe que hay todavía muchos factores que no conocemos bien, que es preciso seguir investigando, y que los modelos que apuntan a tendencias futuras, a 30 ó 70 años, de aquí a fin de siglo, tienen un amplio margen de estimación, dependiendo de las hipótesis de partida y de la complejidad de los factores que consideran.

De ahí que suelan emplearse valores promedio de un conjunto amplio de modelos para estimar las tendencias previsibles. Esos valores promedio son la base para indicar los posibles efectos de seguir emitiendo gases de efecto invernadero a la atmósfera. Teniendo en cuenta que esos gases permanecerán en la atmósfera varias décadas (caso del CO2), nuestras decisiones de ahora están afectando a las poblaciones que vivirán en este planeta en el futuro inmediato (a nuestros jóvenes). No parece muy razonable pedir un crédito para disfrutar ahora
de un determinado bien (comprar una casa o un coche), dejando el pago a quien nos herede, que además seguramente no se habrá beneficiado de ese gasto. En suma, es preciso actuar ya, porque nuestras actuales acciones nos pueden afectar a nosotros mismos (algunos impactos previsibles del cambio climático ya están ocurriendo) y, sobre todo, por lo que estimamos pueden afectar, con la mejor información que tenemos ahora, a nuestros descendientes.

El segundo elemento a considerar es el respeto a la libertad personal. Soy un firme convencido de la actuación ambiental, empezando por el compromiso individual que se plasma en decisiones concretas sobre nuestros hábitos cotidianos, pero no soy en modo alguno partidario de imponer esas medidas a la población. Estoy convencido de que necesitamos mas y mejor educación ambiental, para que los cambios necesarios sean fruto del convencimiento y no de la coerción. Ya sé que es más lento educar que redactar normas, pero me parece mucho más efectivo, puesto que las imposiciones acaban muchas veces por volverse contra los principios que supuestamente las inspiran. No tengo que poner muchos ejemplos históricos de este tipo de actitudes. Hace poco escuché que un partido político de ámbito nacional ha propuesto que los ciudadanos no comieran carne un día a la semana para bajar las emisiones de CO2 producidas por su dieta alimentaria. En fin, creo que sería como imponer la Abstinencia cuaresmal a todo el mundo, !eso sí cualquier otro día de la semana que no fuera el viernes para que nadie pudiera acusarles de recuperar las tradiciones católicas!

El compromiso ambiental se basa en el convencimiento personal y en la mejor información de que podamos disponer. Si los ciudadanos fueran más conscientes de la importancia de sus decisiones y se les mostraran los beneficios de cambiar algunos de esos hábitos sobre el florecimiento de los habitantes de países más pobres y de otras formas de vida, la mayor parte estarían dispuestos. Pero no solo hace falta convencimiento, también información. Un consumidor responsable sobre el cambio climático, por ejemplo, no sabe qué hacer cuando entra en el supermercando, porque ninguno de los productos que se venden indica cuántas emisiones ha supuesto su ciclo de vida (desde el cultivo hasta la transformación, embalaje y transporte), asi que puede tomar decisiones que, además de suponerle un sacrificio, no tengan en la práctica apenas repercusión. Educación e información, convencimiento y ciencia, para decidir con libertad y con fundamento.


Comentarios

  1. Muchas gracias Emilio. Necesitamos más información, educación y convencimiento. Cuántas veces creemos tomar la mejor opción y resulta la más dañina...Nos pasa con la fruta muy claramente a diario, por ejemplo. Me recuerda también al tema de las nueces de lavado, que son una alternativa natural y ecológica para lavar la ropa y el pelo, son compostables y no hacen daño al medio ambiente, pero en cambio vienen de la India y su demanda internacional (como la quinoa) ha hecho que población que tradicionalmente las usaba, no pueda acceder a ella. Creyendo que hacemos un bien, estamos haciendo daño.

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