Algunos impactos ambientales de la pandemia

He leído estos días un artículo interesante sobre los impactos ambientales de la pandemia, que me gustaría compartir con los lectores del blog. Aunque el artículo está centrado en EE.UU. y todavía es pronto para evaluar completamente esos efectos, creo que las reflexiones que hacen los autores pueden resultar interesantes para quienes quieran tener una visión un poco más amplia de los efectos del COVID-19.

El artículo de Mulvaney y colaboradores se centra en energía y medio ambiente. Comienzan indicando  los efectos ambientales positivos de la pandemia, como la reducción de la contaminación urbana y las emisiones de gases de efecto invernadero. De hecho, citando fuentes del gobierno indio, la polución urbana en la capital del país descendió a los niveles más bajos registrados en los últimos 40 años, a la vez que la agencia americana de medio ambiente (EPA) registraba los menores valores de contaminación aérea desde su origen en los años 80. Las emisiones de GEI descendieron un 6% durante el confinamiento del primer trimestre del año, que afectó a las economías más industrializadas. Aunque este descenso es el más grande registrado en los últimos 70 años, todavía resulta por debajo de la reducción de emisiones necesaria para asegurar que el calentamiento del planeta no supere los 2º, tal y como se fijó en el acuerdo de Paris. Además el "efecto rebote" puede producirse en los meses posteriores al confinamiento, como ya se observa en China, con unas emisiones en mayo un 4% más altas que en el mismo mes del año 2019.

Un elemento interesante del artículo que vengo comentando es la constatación de que los impactos ambientales del COVID-19 tienen un fuerte sesgo social. La mortalidad causada por el virus ha sido mucho mayor en las ciudades más contaminadas (así ha ocurrido de hecho en nuestro país, sobre todo en la primera ola), y todavía más en los barrios más modestos, que tienen mayor exposición a la contaminación por partículas. Además, con las debilidades del sistema sanitario de EE.UU., la pandemia ha afectado principalmente a las clases más bajas, que pueden más fácilmente perder empleos poco cualificados, así como sus beneficios sanitarios. Entre los empleos de sectores considerados esenciales, como la mineria y la distribución, que no se han confinado, la proporción de trabajadores de color es mucho más alta, lo que ha supuesto también mayor número de contagios. La pobreza estructural de algunas comunidades nativas se ha evidenciado más dramática en tiempos de crisis. De hecho, la nación Navajo tiene la más alta incidencia per capita de contagio en Norte América. 

Los cambios en la movilidad también afectan a la energía y el ambiente, con un incremento notable del consumo de energía doméstico frente al industrial, como consecuencia del confinamiento masivo de la población. Esto ha supuesto un descenso notable del uso del petróleo, más de un 30% en el mes de abril, impactando los precios y las reservas. Está por ver si la relativa vuelta a la normalidad va a suponer recuperar los valores de transporte previos a la pandemia, puesto que el teletrabajo se contempla como una fórmula muy eficaz para diversos sectores, pero, por el contrario, también ha aumentado el uso del transporte individual frente al colectivo, por miedo al contagio.

Respecto a las energías renovables, el parón industrial afectó también al sector,  calculando que en EE.UU. se perdieron 600.000 empleos entre los meses de marzo y abril de este año como consecuencia de la crisis sanitaria. El freno a nuevos proyectos de energía solar y eólica está en el horizonte de esta interrupción, pero a nivel global el impacto ha sido menor, al haber una fuerte apuesta política por estas energías, particularmente por parte de le Unión Europea. En este sentido, la política de recuperación verde (European green deal) esperemos que ayude en esa dirección, que seguramente también recuperará la nueva administración estadounidense.


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