Educación y política ecológica

Hace unas semanas hacía una entrada sobre la conveniencia de que nuestros políticos aprendieran de la colaboración que la Naturaleza nos muestra entre las mismas o distintas especies, para conseguir un objetivo común.

Veo con pena que, lejos de mejorar en esa colaboración entre personas de distintas visiones, sigue imperando en nuestro país la imposición sobre el diálogo, la opción por la mayoría obcecada en imponer su ideario, frente a la colaboración y el consenso. Tomar decisiones mediante consenso es muy complicado, pero es la única forma de que las reformas tengan continuidad y calado. Así ocurrió a fines de los 70 con nuestra constitución, y así ocurre con cualquier acuerdo que quiera permanecer más allá de un periodo electoral. Me comentaba un amigo que pasó varios años trabajando en un parque natural de EE.UU., que incluía una reserva india, que las decisiones en esas comunidades se tomaban entre los líderes de las distintas tribus siempre por consenso, durara lo que durara la negociación. Esa costumbre partía de asumir que todos ellos querían lo mejor para las personas que representaban, y por tanto que todas tendrían de alguna forma que verse beneficiadas. 

Si esto es un principio de sabiduría en todos los temas, que practican aquellos que están más cercanos al ambiente natural que gestionan, me parece que todavía lo es mucho más en algunas cuestiones en las que se define el futuro de una sociedad: la educación, la familia, la inmigración, la energía. Tomar decisiones unilaterales en estos temas, no solo me parece arriesgado, sino simplemente irresponsable. Ninguno de ellos puede dejarse al vaivén de las orientaciones electorales, porque tienen un impacto de larga duración, mucho mayor de los 4 años que gestiona un gobierno.

Estos días hemos asistido a un triste episodio en esta forma de hacer política, que ni siquiera un pandemia de proporciones inéditas ha modificado en nuestro país. Un gobierno, con apoyos tan distintos que se explican más por el enfrentamiento a otros que por su propio acuerdo, ha impuesto una ley de educación que deja fuera a la mitad de la población española. Eso no puedo ser una solución de largo plazo; no arreglará ninguno de los problemas que tiene la educación en este país, quizá porque no pretende hacerlo: sólo imponer una visión sobre otra. 

En la toma de posesión de lo equivalente a su ministro de educación, el presidente Obama pronunció una frase que deberían aplicarse a sí mismos nuestros políticos fundamentalistas: "No empañemos nuestras reformas con ideología cuando sólo se trata de averiguar qué es lo que más ayudará a la buena formación de nuestros niños". Esto no lo saben los políticos, la mayor parte de los cuales nunca han dado clases en ningún nivel educativo. Esto lo saben los profesores, los padres, los sindicatos, los empresarios del sector, los pedagogos,... en fin, todos aquellos a los que no se ha consultado la reforma educativa. 

En fin, un ejemplo paradigmático de cómo no debería hacerse política. En 2020 y en la situación de pandemia que vivimos, nuestros gobernantes siguen preocupandose más de su agenda que de atender al interés colectivo.

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